Este primero de mayo encuentra a la clase trabajadora del país y del mundo ante situaciones de necesidades extremas y ante el desafío de ponerse en pie de guerra para enfrentarlas. Vivimos una de las peores crisis de la historia y sin el despertar y la lucha de la clase trabajadora sólo nos depara más barbarie.

La llegada de la pandemia desnudó cuáles son los intereses que cuida el Gobierno ante las crisis. Todas sus medidas socioeconómicas ponen en evidencia el funcionamiento del Estado al servicio del capital. Desde el inicio, el gobierno tuvo como único plan poner sobre las espaldas de la clase trabajadora toda la crisis, dando luz verde a las patronales para legalizar decenas de miles de despidos injustificados y suspensiones laborales. Por ello, los fondos para la crisis vienen de un nuevo endeudamiento sin ninguna modificación del sistema impositivo. Los miserables programas Ñangareko, Pytyvo y la compensación por suspensión del IPS, llevan a una familia tipo a estar en la brecha de la pobreza y la extrema pobreza. Además de los montos de limosna, el gobierno se muestra incapaz de ejecutar estas medidas de forma oportuna.

Las y los trabajadores de blanco, quienes están en la primera línea de combate, no han parado de denunciar la precarización absoluta que viven, debiendo costear los insumos básicos de bioseguridad mientras observan el festín público-privado que se hacen con las sobrefacturaciones de insumos, la mayoría inservibles.

No satisfecho con lo anterior, el gobierno de Abdo Benítez nos plantea achicar aún más el modelo estatal precario e ineficiente que tenemos. Para ello utiliza como punta de lanza la reducción de los odiosos altos salarios de su clientela política, cuya necesidad es indiscutible, pero su fin último apunta a atacar al conjunto de los derechos de los trabajadores del sector público sin distinciones, lo que significa romper los contratos colectivos en el sector público y atropellar las garantías sindicales, cuando la realidad es que el 90% de los trabajadores del Estado gana menos que 3 salarios mínimos.

Mientras tanto, la mayoría del pueblo trabajador, para paliar las necesidades más elementales y urgentes, se han sostenido gracias a la propia solidaridad de nuestra clase, principalmente con ollas populares. Pero el pueblo ya no puede seguir esperando mientras las suspensiones y los despidos son el pan de cada día y el hambre de nuestros hijos en nuestras casas nos atormenta.

La organización, el compañerismo, la solidaridad y la generosidad en garantizar la subsistencia, deben ser elevados a acciones comunes de lucha para que la riqueza que los trabajadores y trabajadores generamos con nuestro trabajo cotidiano sea para el bienestar de las grandes mayorías.

A la par, tenemos la tarea de dejar atrás a las dirigencias traidoras y pasar a la primera fila los que hoy luchamos por la vida y la justicia social. Nunca nos han regalado nada, cada paso que ha dado la clase trabajada, cada conquista del movimiento obrero a lo largo de la historia, con sus movilizaciones y luchas heroicas, han significado arrebatar algo de justicia a nuestros verdugos.

La brutal explotación de la clase trabajadora movilizó un día como hoy, hace 134 años, a las masas obreras en Chicago para protagonizar una lucha heroica. Este ejemplo histórico sigue siendo una antorcha que ilumina, aún con mayor intensidad cuando la historia nos llama a ser protagonistas del presente para garantizar nuestro futuro y el de la humanidad.

Es por ello que es necesario que los trabajadores comencemos a plantearnos seriamente la lucha contra el sistema capitalista y contra los gobiernos y regímenes que lo sostienen.

Para esto es imprescindible fortalecer un partido de la clase trabajadora que se plantee la toma del poder para instalar un gobierno obrero, campesino y popular que impulse la construcción de una sociedad más justa y equitativa, una sociedad socialista.

¡Viva la clase trabajadora que mueve al mundo!

¡Sólo la lucha cambia la vida!

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