Nuevos restaurantes cada mes, cocineros estrellas, tapas de revistas, cerveza artesanal, precios europeos, gente rica gastando el dinero que les sobra en placeres de la cocina.

Esta es la imagen de la joven escena gastronómica paraguaya, festejada por todos como la gran oportunidad nacional por su capacidad para generar puestos laborales y su “atractivo para el turismo”.
Presentada como motor económico, esta explosión gastronómica celebrada en programas de televisión y cada medio de prensa existente, resulta para el trabajador que la sostiene, una explosión mortal.

La olla de ingredientes podridos que contenían al sector gastronómico se vio destapada en los últimos días a raíz de una denuncia hecha por un grupo de trabajadores de Alma Cocina con fuegos, uno de los tantos restaurantes chuchis de la ciudad. A través de una campaña en redes sociales, reclamaban que se les pague la indemnización que les correspondía.

Aprovechando la repercusión pública del caso, muchos trabajadores y trabajadoras del rubro denunciaron también lo que entre colegas no es ningún secreto: sosteniendo toda esta pasarela de “gente linda” y platos caros, está la explotación laboral.

La gastronomía es un sector que convirtió esta explotación en tradición. Desde la escuela de cocina, donde los profesores se pasan haciendo alarde de la cantidad de horas que hacen y que le esperan al estudiante en el futuro, hasta una competencia enfermiza entre colegas sobre quien trabaja más horas, como si fuera que así uno es mejor profesional. Aunque pueda sonar ridículo enorgullecerse de ser explotado, a veces la realidad es así.

La semana laboral de 48 horas parece una realidad inalcanzable para los restaurantes. Turnos de 12 horas, calor asfixiante, clientes maltratadores, picos de trabajo donde es imposible descansar y horas extra no pagas se esconden detrás de la excusa de que “esto no es un trabajo, esto es cultura, esto es arte”.

Algunos dirán que no hay que generalizar, y aunque habrá algunas excepciones, son justamente eso, excepciones a una situación generalizada.

Al ser uno de los sectores más rápidamente golpeados por la pandemia, el empresariado gastronómico fue uno de los primeros en reaccionar con una serie de demandas al Estado, ganando gran presencia mediática dentro de la prensa empresarial.

Un rápido análisis de sus reclamos da el diagnóstico de siempre, patrones y patronas salieron a pelear por lo suyo, tirando a los trabajadores a la calle.
Uno de los puntos más pedidos por la pequeña burguesía fue la implementación de la suspensión laboral. Aplicada a diestra y siniestra con luz verde del gobierno, esta medida consiste en una pausa en las obligaciones del contrato laboral, en algunos casos por 90 días, con un subsidio del 50% del sueldo mínimo. Como si fuera que 1.200.000 gs le alcanza a alguien para sobrevivir durante un mes, el flaco subsidio no tuvo ni la más mínima crítica pública por parte del gremio de empresarios.

En crisis como esta es natural la caída de caras y caretas. El Estado paraguayo se revela como otro gran responsable de la situación , con un nulo control de los derechos laborales, su ineficiencia es histórica. Con la habilitación de suspensiones que pueden ir hasta 180 días (y contando) ya le pusieron la cereza a la torta. Hablando claramente, la suspensión es una renuncia forzada para el trabajador.

La clase trabajadora explotada en cocinas y salones puede aprovechar este momento para ver a través de estas condiciones de explotación que se vuelven cada vez más claras. La justicia nunca va estar del lado de los trabajadores ¿Cómo podría estarlo si es manejada por la misma clase que los explota?
Como ejemplo ahí tenemos a los trabajadores y trabajadoras de Alma, que hoy exclusivamente gracias al escrache público consiguieron cobrar todo lo que se les debía. Algo que podría haber tomado años en el Ministerio de Trabajo, la unidad y la solidaridad de la clase trabajadora gastronómica lo consiguió en una semana.

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